miércoles, 19 de junio de 2013

Sabe dulce eso de perderse una vez más, encerrarse en una misma y sentirse a gusto con la melancolía que ahora abrazo. Es mi forma de hacerme saber que hay alguien dentro de mí que está latiendo todavía y son muy pocas las veces, como ahora, que no le temo.

martes, 18 de junio de 2013

Me vuelvo a encontrar

Está en el pasado. Necesito tomarme un tiempo para escribir y plasmarlo en palabras. Lo que sí puedo decir es que voy aprendiendo y estoy viendo todo un poco más claro, sin desesperarme, aunque a veces se me hace pesado llevarlo. No negaré que ahora existe una chica que me hace sonreír, es capaz de entender mi autodenominada complejidad y cada vez que la miro, ya no hay dolor.

domingo, 22 de mayo de 2011

resiliencia drenada

Impotente, débil, furiosa, llorona. Hoy tuve que aceptar que, a causa de ser todo eso, tengo que recurrir a esas sustancias químicas que se mezclan y se pierden en mi organismo ya bastante demacrado. Ya no me interesa tener que tomarlas. Sin ellas estoy perdida. Me vuelvo cada vez más dependiente de ellas. No quiero volver a pasar por la misma etapa que cuando no las tomaba, aunque, la mayoría de veces, ellas no me calmen como yo quisiera. 

En algún momento, estas pequeñas ayudas saldrán de mi vida (y de mi cuerpo). La sola idea de imaginarme sin ellas, tener que enfrentarme a la realidad yo sola, sin ayuda médica, me aterra. Eso y el hecho latente de que las mencionadas tabletas del auxilio solo son paliativas. Al menos eso es lo que siento. Es completamente lógico porque ellas, como cualquier otro medicamento, no pueden entrar a mi psiquis y automáticamente suprimir toda esa basura que me hace la persona que soy ahora. Nadie puede hacerlo excepto yo y, honestamente, creo que hace varios meses -aunque esta semana más que nunca- que perdí toda esperanza de dejar de prestarles tanta atención, de callar sus susurros que me hacen sangrar la memoria.

domingo, 15 de mayo de 2011

pequeñas pastillas

Ellas hicieron todo el trabajo al comienzo. Ellas supieron cómo cargar el peso y convertirlo en uno muerto. Fue una sensación de alivio la primera semana de tratamiento; realmente taparon todos los recuerdos (e impulsos) que me herían. No pasaba ni un minuto al pensar en todas esas ideas y ya se habían desvanecido. Me atrevo a confesar que estuve feliz por unos días. Ya no sentía más esa roca que, amarrada a mí, se hundía más cada semana. Es raro admitir que me laceraba y llegó a un punto de convertirse en costumbre, en lo primero y en lo único que pensaba durante el día. Era el acontecimiento central de todas las noches con el televisor a volumen excesivo y con la puerta con seguro. Las píldoras me dieron ese solaz que tanto me hacía falta. Pensé que ese efecto tan poderoso iba a manifestarse durante todo el mes, al menos; sin embargo, me equivoqué. Cómo pude pensar que ellas harían todo el trabajo. Las semanas pasaron y esa sensación tan querida por mí se fue. Tonta. Realmente extraño mucho la primera semana de tratamiento. Esos pensamientos continúan, solo que se esconden si hago el esfuerzo (supongo que ahora ellas solo facilitan la rapidez del proceso). 
A través de estos 17 días (y contando) de proceso ha habido noches de lágrimas que ahora terminan dentro de un tiempo casi razonable, menos ansias de automutilación (ahora tendré que lidiar con el hecho de preocuparme cada vez que use bermudas), estado de total sosiego ante situaciones que eran extremadamente estresantes para mí (no sé cuán beneficioso será esto más adelante), moretones de diversos colores en los nudillos a causa de golpear paredes por pura frustración, ser altamente proclive a experimentar estados catatónicos y, lo más importante, la maldita somnolencia que me somete si me encuentro en una clase aburrida.

sábado, 2 de abril de 2011

Sometimiento esperado

Me perdí otra vez. Salto de la absoluta y enfermiza rabia al compañero maldito, intermitente todos estos años, llamado dolor. Esa impulsividad de querer estallar mi cabeza en los casilleros de mi facultad, de atravesar mi puño derecho en una carpeta, de romperme casi todos los huesos del pie al patear una pared al azar.  El comportamiento errático en mí que algunos ven es solamente una triste y hedionda capa  que cubre  las otras en estado de putrefacción continua. El dolor físico, desgraciadamente, no se asemeja al emocional. Sin embargo, es una distracción y, la mayoría de veces, un placer que coquetea con lo mórbido. Debo confesar que este tipo de actos se ha convertido, a veces, en un placer, otras, en un castigo y, sobre todo, en una costumbre. Está en mi mente desde que me levanto por la mañana y se acentúa, como una llaga sin desinfectar, cuando estoy en mi habitación. Desde mi adolescencia sabía que algún día iba a llegar a esto. No estoy segura si este es mi verdadera manera de ser o es una etapa más. Solo sé que mientras pasan los días, me sorprendo de mis reacciones y de lo que merodea por mi cabeza. Pasé de avergonzarme por ello a someterme. Sin protestar, sin hablar, sin lanzar una mirada de auxilio.

martes, 29 de marzo de 2011

Esa etapa de mi vida terminó de manera agridulce. Trago vidrios. No escribiré al respecto por ahora. No estoy preparada. Estoy infinitamente rabiosa y herida.

martes, 18 de enero de 2011

Llorar en la ducha. Las lágrimas se confunden con las gotas de agua; las primeras se reconocen por el sabor salado que aterriza en mis labios. Aquí no hay protección: estoy descubierta. Me desagrada sentirme expuesta, aún más ahora que trato de distraerme, de evadir todos esos pensamientos que, intempestivamente, vomitan sin parar sobre mí. Húmeda, desnuda y propensa a ser víctima, otra vez, de mi rival de toda la vida: mi mente que grita de manera cruda y descontrolada. Atravieso gula mental involuntaria.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Volveré a acostarme

Tarde vacía en el corazón. La susceptibilidad camina hasta mí. Débil. Niña indefensa.
Remolino de cristales amargos y punzantes. Manos sin dueño. Vientos huracanos cargados de desasosiego.
No te quiebres. No. Si lo haces, no verías razón alguna de seguir siendo la invitada en esta fiesta incoherentemente absurda. Mis manos de hierro aguardan bajo mi semblante gris. Sirenas que realizan cánticos a la muerte con sonrisas de caramelo. Sirenas que embelesan a la muerte; ésta sonríe y deja ver sus dientes putrefactos.

lunes, 9 de agosto de 2010

Alud carmesí, círculos carnosos que se lanzan al suicidio
Tibia marea que adolece el origen
Marea de fuego, despierta furiosa de su sueño de luna
Avalancha sucia del color de un atardecer que penetra sutilmente la garganta
La matriz derrama lágrimas dolorosas perpetuas que besan nubes precarias
Reproduce el sollozo punzante de Venus. Sus gemidos incisivos justifican el dolor
Dolores venusianos. Honor y maldición

miércoles, 14 de julio de 2010

Me doy plazo hasta los treinta

Me doy tiempo hasta esa edad para verificar si mi alma está destinada a quedarse por aquí.
Si sigo arrastrando la misma maleta pesada, tendré que abrirla, sacar las mariposas de plomo y convertirlas en polillas.

sábado, 12 de junio de 2010

Dormir dentro de un saco cálido de plumas que pican
La necesidad de desvariar echada
Cerrar los ojos; caminar imaginariamente
Mariposas de carne que baten sus alas intempestivamente
Coloridas, inertes, aterciopeladas. Cansadas. Libélulas inseguras
Soñar montañas pecosas con soles color esmeralda. Llevan espejos
Hablan y reproducen poesía con voz femenina. Seda fonética

domingo, 28 de marzo de 2010

Mi interior se retrae hasta sangrar las últimas gotas de mi buen ánimo, gimo. Mi garganta sale a dar la pelea. La saliva se niega a pasar por ella, si no es con dificultad. Mientras tanto, mis ovarios queman, chillan como los bebés cuando quieren leche materna. Empiezan a burbujear, a contraerse. "No estoy de humor, éste no es el momento" repito infinidad de veces a mí misma. Mis ojos cierran y abren sus cortinas al mundo. "Tranquilidad, sí?" me dice una amiga. No me calmo. Nunca me he calmado. La desesperación es mi conviviente. A veces no lo noto, sin embargo, está ahí. Escondiéndose detrás de las puertas, pasando atrás de mí de puntillas, esperando a que yo salga de mi cuarto para inmiscuirse en mis escritos pasados para así tomarlos y hacérmelos revivir cuando se le antoje. Soy independiente de él, pero, a la vez, estoy a su merced.

domingo, 14 de marzo de 2010

Embadurnada de preguntas

Echada, en mi cama, boca abajo, y con los pies levantados dejo que me lleve mi imaginación
Me entrego al viento de la madrugada que sopla y acaricia mis pies de forma dulce, maternal
Me envuelve en su fresca capa. Oigo a mi gato maullar. Ahora está rascando la puerta con sus pequeñas garras.
Quiere atención. En el fondo, somos así. Estoy delirando. Abro los ojos y veo figuras multicolores amorfas que cambian. Veo un pozo que no tiene fin. Estoy cayendo en él. Los cierro y los siento apretados, oscuros. ¿Así será la muerte?¿Así se sentirá? No puedo respirar. Sin embargo, me rehúso a moverme. Trato de aspirar el aire caliente con olor a mi almohada. Trato de ya no tragar saliva. "Será como una muerte a escala menor" pienso.

jueves, 4 de marzo de 2010

Ayer

El sentimiento brumoso que siempre regresa.
El sentimiento que se aprovecha de mi vulnerabilidad.
El sentimiento odioso, cargado con pequeñas navajas, microscópicas.
El sentimiento que produce silencio externo.
El sentimiento que corroe todos los buenos recuerdos.
El sentimiento que me delata.
El sentimiento que me obliga a ver, sentir y a respirar el mundo es su estado desnudo.
El sentimiento que, al principio, odio porque se adentra tanto que ya no tengo más alternativa que
amarlo, debido a que ya no puedo odiar más.
El sentimiento que me somete.
El sentimiento que, con sus decenas de látigos inclementes, me azota innumerables veces.
No existe solución para cesarlo ni mucho menos para eliminarlo. Soy su esclava.
Soy la propia esclava de mi interior.
Cada época es diferente: unas tienen la característica de poseer una atmósfera más cargada; otras, el poder de convertirme en un ser, mentalmente, vegetal; de ahogarme; de desear automutilarme; de embarrarme con hechos pasados, presentes y/o futuros.
Yo solo puedo sentarme en una esquina oscura. Respirando y paciente, como todas las épocas.

jueves, 25 de febrero de 2010

3 de la madrugada, con las luces apagadas

A : ¿Por qué no crees en Dios?
L :  Porque no me recogió, aún cuando se lo rogaba.


En la oscuridad, siempre sale a flote la verdad.

martes, 23 de febrero de 2010

Amor de muerte

Cada vez que sus padres entraban a su cuarto y la veían durmiendo, siempre hacia la pared, nunca mirando hacia la puerta, su madre le acariciaba los cabellos, mientras repetía el nombre de su última hija. Le pasaba el brazo por los hombros y tocaba, con los dos dedos, su cuello para tomarle el pulso. A diferencia de su padre, que solo atinaba a cerrar la puerta para darle final.

sábado, 20 de febrero de 2010

¿Sábado de verdades?

Ninguna persona es enteramente feliz. Es solo un estado pasajero. En cambio, la tristeza está siempre ahí, al acecho; esperando a que la primera termine de manifestarse para apoderarse de tu estado de ánimo. La tristeza posee varios niveles, pero, en esencia, es lo mismo. Sólo una persona que se miente (y de qué manera) a sí misma puede ser feliz. Para ellas, mientras más se mientan, la caída será más precipitosa. Para algunos, me incluyo, la tristeza se puede convertir en ansiedad. Ése es el estado más peligroso. Te lleva a lugares insospechados, fríos, crudos, donde habitan los pensamientos más desesperados; ésos que quieren salir a respirar en la oscuridad, mientras tú te ahogas en ellos. El truco para soportarlos es seguir respirando. Saberlos llevar y esperar no fracasar en el intento.
Estamos solos aquí y nadie nos ayudará.

martes, 12 de enero de 2010

No me gusta la luz

La luz me cohíbe, me encierra. Es la sonrisa falsa al ver a un conocido no tab apreciado. Es estar triste y no demostrarlo. Es ponerse la máscara de todo está bien. Me siento falsa con la luz. Al entrar a un cuarto oscuro y solo prender una vela, puedo ser yo misma. Sin máscaras. Sin sonrisas falsas. Sin mentiras. Me doy cuenta que la razón por la cual me gusta la oscuridad es porque me aterra la idea de que me vean, qué soy, qué es lo que pienso. De repente soy temerosa. De repente soy débil y no puedo defender mis ideas, mis pensamientos. Sea cual sea la razón, me siento cómoda así. Mi verdadero yo se manifiesta al cerrar las ventanas y la puerta. Le expreso mi sentimiento de incomodidad a la luz diurna. Y ella entiende. Cierro mis cortinas. Cierro todas las ventanas que dan hacia el exterior, hacia lo real. Me encierro en mi mundo, en el que no existe la luz. Tal vez un par de velas. Pero eso es todo. Desearía bloquear todos los sonidos del mundo al entrar a mi espacio; sin embargo, es imposible. Los sonidos exteriores me aturden, me desesperan, me ponen de mal humor, me absorben la vida. Al menos puedo contentarme en jugar el papel de una especie de Dios en mi espacio: que no se haga la luz.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Dos mil diez

Al parecer, seguiremos siendo unos animales todos. Animales que tienen el don de hablar, pero, algunas veces, no pensar antes de hacerlo. Animales somos todos. ¿Animales pensantes? Más bien hablantes, después pensantes.
Siento la necesidad de despotricar contra nosotros, los humanos. Siempre la siento. Aun más en ocasiones que, para la mayoría de gente, son importantes (llámese Año Nuevo, Navidad, etc, etc.). El ser humano descontento aflora en mí, de repente. Ya perdí toda la esperanza en nosotros. Quizás porque vivo rodeada de gente que deja mucho que desear. Quizás estoy descontenta conmigo misma, por eso lo proyecto hacia otras personas. Quizás así se siente el proceso de maduración. Me siento en un saco, sin huecos para respirar, mientras todos, la gente, hace su vida normal, fuera del saco. Por esa razón, se me viene la sensación de detestar a todos, por no darme aire, por no abrir huecos para poder respirar. Debo dejar de patear el saco donde estoy, de pelear y detestar a los demás, debo de dejar de gastar el poco oxígeno que me queda, hasta no sé cuándo, en patear el saco, en ahogarme a mí misma. Debo calmarme, porque de esta nadie me sacará. Solo yo puedo ayudarme a soportar este escenario.