Al parecer, seguiremos siendo unos animales todos. Animales que tienen el don de hablar, pero, algunas veces, no pensar antes de hacerlo. Animales somos todos. ¿Animales pensantes? Más bien hablantes, después pensantes.
Siento la necesidad de despotricar contra nosotros, los humanos. Siempre la siento. Aun más en ocasiones que, para la mayoría de gente, son importantes (llámese Año Nuevo, Navidad, etc, etc.). El ser humano descontento aflora en mí, de repente. Ya perdí toda la esperanza en nosotros. Quizás porque vivo rodeada de gente que deja mucho que desear. Quizás estoy descontenta conmigo misma, por eso lo proyecto hacia otras personas. Quizás así se siente el proceso de maduración. Me siento en un saco, sin huecos para respirar, mientras todos, la gente, hace su vida normal, fuera del saco. Por esa razón, se me viene la sensación de detestar a todos, por no darme aire, por no abrir huecos para poder respirar. Debo dejar de patear el saco donde estoy, de pelear y detestar a los demás, debo de dejar de gastar el poco oxígeno que me queda, hasta no sé cuándo, en patear el saco, en ahogarme a mí misma. Debo calmarme, porque de esta nadie me sacará. Solo yo puedo ayudarme a soportar este escenario.
jueves, 31 de diciembre de 2009
domingo, 27 de diciembre de 2009
Mi primer amor platónico
Hace unos días, me puse a recordar cuándo fue que tuve, por primera vez, mi primer amor platónico. Cuando lo hice, un ventarrón imaginario rozó mi cara y mis adentros se retorcieron. Mi corazón latió un poco más rápido ante el recordar esos tiempos de lucha interna, al no poder frenar el sentimiento que me invadió de repente: el estar enamorada, platónicamente, de mi profesora de Matemáticas. Fue la sensación de aquellos días de colegio.
Fue en primer grado de secundaria. Yo era la típica niña rara (por dentro y por fuera) a la que no le gustaba hablar con nadie: inventé mi propio mundo, mi refugio de las personas que, voluntaria o involuntariamente, me hacían doler.
Recuerdo que fue la primera clase de Matemáticas del año. Entró una chica, con no más de 25 años, de cabello corto, ojos grandes, con la piel blanca, casi pálida. Era petite(tenía cuerpo de adolescente y no era muy alta). Tenía el cabello único que, hasta ahora, no encuentro a nadie con el mismo tipo, era algo tan raro, único. Era corto, medio rojizo y algo ondulado. Parecía algo desordenado, pero ese parecía ser su atractivo. Nunca me olvidaré de su nombre: Giannina. Hasta hoy, quisiera saber de qué color eran sus ojos, porque era muy tímida para verlos de cerca cuando ella se me acercaba (las pocas veces que lo hacía). Me los imagino pardos, esos tipos de ojos los cuales tienes que verlos de cerca para apreciar su verdadera belleza.
Tenía la voz medio grave. Era una mezcla entre lo femenino y lo tosco. Todavía puedo escucharla cuando me la imagino. Creo que ahí empezó mi gusto por las mujeres con la voz con esa descripción. Asimismo, tenía una especie de ceceo que era, realmente, adorable. Cada vez que hablaba, podía sentir cómo sus pequeñas y blancas manos tomaban mi corazón y, con el calor de ellas, lo calmaban tanto hasta silenciar mis latidos.
Recuerdo que no iba muy bien en su curso. Es más, fue ahí donde saqué mi primer 00. Todo por no prestar atención a su clase. Todo por estudiarla. Estudiar y apreciar, con cuidado, cada uno de sus movimientos. Sumergirme en Giannina. Recuerdo que, en uno de esos momentos de embriagarme con cada uno de sus movimientos, noté que tenía pequeñas marcas de acné. Igual se le veía linda.
Recuerdo que me avergonzaba cada vez que la miraba. No me sentía merecedora de mirarla. Temía de que tan solo con la mirada, mis sentimientos hacia ella se reflejaran. Cuando ella se me acercaba y me decía que mejorase mi letra e intentase resolver por mí misma los ejercicios que estaba en la pizarra, en vez de esperar a que alguien saliese al frente y los resolviese, para así copiarme, me sonrojaba. Cuando ella colocaba sus manos jóvenes y níveas sobre mi cuaderno, sentía una sobrecarga en mi corazón. Me moría por tocarlas.
Después de unos meses, me percaté, realmente, sobre lo que estaba sintiendo, debido a que no podía dejar de pensar en ella; de imaginármela sonriendo; cuando despertaba, lo primero que decía, despacito y susurrando, era su nombre y sentía una cómo esfera de fuego quemaba todo mi interior hasta convertir todo en cenizas.
Ese capítulo de mi via fue el comienzo del proceso que, hasta ahora, atravieso. Pero, ahora, con un poco más de claridad (no tanta como desearía). Un proceso que me ha tocado vivir sin haberlo elegido. Solo sentirlo como parte de mi naturaleza humana, aunque para algunos esto sea incomprensible. Por supuesto que es incomprensible porque nunca lo sintieron ni lo sentirán. Nunca sentirán la culpa, la vergüenza y el autodesprecio que sentí por aquellas épocas. A veces pienso que es más fácil enamorarme de un hombre para estar tranquila con la sociedad. Para no ser víctima de sus cánones retrógradas. Aunque no me muestro públicamente, lo siento. Siento que me quema, me duele, me destruye y me pone mal porque, algunas veces, me pregunto si lo que siento está mal, entonces yo estoy mal y ellos están en lo correcto. Sin embargo, afortunadamente, siempre hay personas que están ahí para recordarte que lo que sientes no es errado: es el mismo sentimiento de gustarte alguien, de querer, de amar a alguien.
Fue en primer grado de secundaria. Yo era la típica niña rara (por dentro y por fuera) a la que no le gustaba hablar con nadie: inventé mi propio mundo, mi refugio de las personas que, voluntaria o involuntariamente, me hacían doler.
Recuerdo que fue la primera clase de Matemáticas del año. Entró una chica, con no más de 25 años, de cabello corto, ojos grandes, con la piel blanca, casi pálida. Era petite(tenía cuerpo de adolescente y no era muy alta). Tenía el cabello único que, hasta ahora, no encuentro a nadie con el mismo tipo, era algo tan raro, único. Era corto, medio rojizo y algo ondulado. Parecía algo desordenado, pero ese parecía ser su atractivo. Nunca me olvidaré de su nombre: Giannina. Hasta hoy, quisiera saber de qué color eran sus ojos, porque era muy tímida para verlos de cerca cuando ella se me acercaba (las pocas veces que lo hacía). Me los imagino pardos, esos tipos de ojos los cuales tienes que verlos de cerca para apreciar su verdadera belleza.
Tenía la voz medio grave. Era una mezcla entre lo femenino y lo tosco. Todavía puedo escucharla cuando me la imagino. Creo que ahí empezó mi gusto por las mujeres con la voz con esa descripción. Asimismo, tenía una especie de ceceo que era, realmente, adorable. Cada vez que hablaba, podía sentir cómo sus pequeñas y blancas manos tomaban mi corazón y, con el calor de ellas, lo calmaban tanto hasta silenciar mis latidos.
Recuerdo que no iba muy bien en su curso. Es más, fue ahí donde saqué mi primer 00. Todo por no prestar atención a su clase. Todo por estudiarla. Estudiar y apreciar, con cuidado, cada uno de sus movimientos. Sumergirme en Giannina. Recuerdo que, en uno de esos momentos de embriagarme con cada uno de sus movimientos, noté que tenía pequeñas marcas de acné. Igual se le veía linda.
Recuerdo que me avergonzaba cada vez que la miraba. No me sentía merecedora de mirarla. Temía de que tan solo con la mirada, mis sentimientos hacia ella se reflejaran. Cuando ella se me acercaba y me decía que mejorase mi letra e intentase resolver por mí misma los ejercicios que estaba en la pizarra, en vez de esperar a que alguien saliese al frente y los resolviese, para así copiarme, me sonrojaba. Cuando ella colocaba sus manos jóvenes y níveas sobre mi cuaderno, sentía una sobrecarga en mi corazón. Me moría por tocarlas.
Después de unos meses, me percaté, realmente, sobre lo que estaba sintiendo, debido a que no podía dejar de pensar en ella; de imaginármela sonriendo; cuando despertaba, lo primero que decía, despacito y susurrando, era su nombre y sentía una cómo esfera de fuego quemaba todo mi interior hasta convertir todo en cenizas.
Ese capítulo de mi via fue el comienzo del proceso que, hasta ahora, atravieso. Pero, ahora, con un poco más de claridad (no tanta como desearía). Un proceso que me ha tocado vivir sin haberlo elegido. Solo sentirlo como parte de mi naturaleza humana, aunque para algunos esto sea incomprensible. Por supuesto que es incomprensible porque nunca lo sintieron ni lo sentirán. Nunca sentirán la culpa, la vergüenza y el autodesprecio que sentí por aquellas épocas. A veces pienso que es más fácil enamorarme de un hombre para estar tranquila con la sociedad. Para no ser víctima de sus cánones retrógradas. Aunque no me muestro públicamente, lo siento. Siento que me quema, me duele, me destruye y me pone mal porque, algunas veces, me pregunto si lo que siento está mal, entonces yo estoy mal y ellos están en lo correcto. Sin embargo, afortunadamente, siempre hay personas que están ahí para recordarte que lo que sientes no es errado: es el mismo sentimiento de gustarte alguien, de querer, de amar a alguien.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Elle avait quelque chose d'un ange
Repetía eso mientras mis padres discutían en el carro. Mi cabeza estaba recostada sobre el apoyacabezas como nunca. Solo la apoyo cuando estoy teniendo un mal día y me encuentro viajando en el auto de mi padre. Esa era la razón, pero todos mis malos días son un conjunto de nimiedades a comparación con estos 2 días. Cuando pensé que el año me había dado un respiro hasta comenzar el otro. Sin embargo, me equivoqué. Terriblemente.
Sentí cómo las luces de la autopista le hacían compañía a mi mirada perdida. Sentí como mis adentros comenzaban a apagarse, con dolor. Sentí que se me iba la vida. Volví a sentir lo que en años atrás experimenté casi todos los días. Ahora tengo dos razones para volver a aquellos días de oscuridad, de dormir lo más que podía porque mi cabeza dolía por tanto llorar en silencio, cuando te ahogas con la almohada esperando a que te quedes dormida, a apaciguar tu cabeza atormentada por "x" motivos y las consecuencias de estos. Sentí que mis ganas de vivir se quedaban regadas en la autopista, esperando a que algún carro las rompa, las triture y nunca más vuelva a sentirlas.
Quise llorar. Lo admito. Quise llorar con todas las fuerzas que aún me quedaban. Mas no pude (ni debía) porque estábamos en camino a cenar en algún lugar público (solo algunas personas que me conocen comprenden la animadversión que tengo contra estos a veces, cuando me siento sensible, sin coraza, sin escudo). Así que me contuve. Me contuve porque no quería que ni mis padres ni la gente me viera con los ojos venosos e hinchados. Además, lo hice porque saqué fuerzas del día anterior, cuando, por primera vez, vi y escuché llorar a mi madre de una forma desgarradora, tan brutal que cada vez que trataba de consolarla, tartamudeaba y podía oír cómo se me partía el alma de escucharla, de saber que a ella también se le partía la suya, tal vez de una manera más violenta que la mía porque ella es sensible, no débil como dice mi padre. Tal vez más sensible que la mía (escribo tal vez porque para mí es casi imposible imaginar a otra persona más sensible que yo, aún más si se trata de mi propia madre). Si ella me hubiese visto con la cara de haber llorado, ella hubiese llorado. Y yo no quería eso. Nunca he querido y querré eso. Al llegar al lugar, ordenamos, esperamos y, luego, comimos. Fue la cena más vacía que he vivido. Podía comerse y beberse la angustia y dolor de mi madre. Aunque, tal vez, la indiferencia de mi padre. Ése hubiese sido el plato fuerte, sin duda.
Repetía eso mientras mis padres discutían en el carro. Mi cabeza estaba recostada sobre el apoyacabezas como nunca. Solo la apoyo cuando estoy teniendo un mal día y me encuentro viajando en el auto de mi padre. Esa era la razón, pero todos mis malos días son un conjunto de nimiedades a comparación con estos 2 días. Cuando pensé que el año me había dado un respiro hasta comenzar el otro. Sin embargo, me equivoqué. Terriblemente.
Sentí cómo las luces de la autopista le hacían compañía a mi mirada perdida. Sentí como mis adentros comenzaban a apagarse, con dolor. Sentí que se me iba la vida. Volví a sentir lo que en años atrás experimenté casi todos los días. Ahora tengo dos razones para volver a aquellos días de oscuridad, de dormir lo más que podía porque mi cabeza dolía por tanto llorar en silencio, cuando te ahogas con la almohada esperando a que te quedes dormida, a apaciguar tu cabeza atormentada por "x" motivos y las consecuencias de estos. Sentí que mis ganas de vivir se quedaban regadas en la autopista, esperando a que algún carro las rompa, las triture y nunca más vuelva a sentirlas.
Quise llorar. Lo admito. Quise llorar con todas las fuerzas que aún me quedaban. Mas no pude (ni debía) porque estábamos en camino a cenar en algún lugar público (solo algunas personas que me conocen comprenden la animadversión que tengo contra estos a veces, cuando me siento sensible, sin coraza, sin escudo). Así que me contuve. Me contuve porque no quería que ni mis padres ni la gente me viera con los ojos venosos e hinchados. Además, lo hice porque saqué fuerzas del día anterior, cuando, por primera vez, vi y escuché llorar a mi madre de una forma desgarradora, tan brutal que cada vez que trataba de consolarla, tartamudeaba y podía oír cómo se me partía el alma de escucharla, de saber que a ella también se le partía la suya, tal vez de una manera más violenta que la mía porque ella es sensible, no débil como dice mi padre. Tal vez más sensible que la mía (escribo tal vez porque para mí es casi imposible imaginar a otra persona más sensible que yo, aún más si se trata de mi propia madre). Si ella me hubiese visto con la cara de haber llorado, ella hubiese llorado. Y yo no quería eso. Nunca he querido y querré eso. Al llegar al lugar, ordenamos, esperamos y, luego, comimos. Fue la cena más vacía que he vivido. Podía comerse y beberse la angustia y dolor de mi madre. Aunque, tal vez, la indiferencia de mi padre. Ése hubiese sido el plato fuerte, sin duda.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Encuentro imaginario
Bajo la mirada. Estás aquí.
El lugar está lóbrego, nebuloso. Se respira ansiedad.
Puedo sentir cómo la sangre se distribuye a todo mi cuerpo.
Trago saliva. Quiero llorar. Tengo la garganta hecha nudo.
Un sentimiento melancólico me invade, me embriaga.
De pronto, la posición fetal me llama: quiero protegerme.
Trago más saliva. Ya no me queda mucha.
Tengo la boca hecha un desierto.
Minutos más tarde, me acuerdo de ti.
Trato de buscarte entre las sombras. Estás ahí.
Lo puedo sentir. Mi alma quema. Me hiere. Quiero más.
Quiero herirme más. El dolor se controla con más dolor.
La diferencia reside en que tú eres un dolor voluntario.
Lo quiero, lo deseo.
Estás de espaldas, pero yo sé que puedes sentirme también.
Lo sé. Lo sé porque tu piel está como de gallina. Tu nuca me llama.
Respiro sobre ella. No puedo hacer mucho.
En este momento, no conozco la palabra resistir. Tu piel emana un olor
dulzón. Ese olor femenino inconfundible el cual saca a flote mi lado más animal, mi ello.
Me tienes. Haz de mí lo que te plazca. Me entrego enteramente a ti.
Esto es tan intenso que siento que el corazón no me dará más.
Pero no me importa: acabo de sentirte intensamente.
Me despierto. Cuatro y media de la mañana. No quería despertar.
Acabo de perderte. Tal vez si me esfuerzo, podré hacerte humana.
Supongo que lo bello siempre es imaginario; se queda únicamente en la conciencia.
El lugar está lóbrego, nebuloso. Se respira ansiedad.
Puedo sentir cómo la sangre se distribuye a todo mi cuerpo.
Trago saliva. Quiero llorar. Tengo la garganta hecha nudo.
Un sentimiento melancólico me invade, me embriaga.
De pronto, la posición fetal me llama: quiero protegerme.
Trago más saliva. Ya no me queda mucha.
Tengo la boca hecha un desierto.
Minutos más tarde, me acuerdo de ti.
Trato de buscarte entre las sombras. Estás ahí.
Lo puedo sentir. Mi alma quema. Me hiere. Quiero más.
Quiero herirme más. El dolor se controla con más dolor.
La diferencia reside en que tú eres un dolor voluntario.
Lo quiero, lo deseo.
Estás de espaldas, pero yo sé que puedes sentirme también.
Lo sé. Lo sé porque tu piel está como de gallina. Tu nuca me llama.
Respiro sobre ella. No puedo hacer mucho.
En este momento, no conozco la palabra resistir. Tu piel emana un olor
dulzón. Ese olor femenino inconfundible el cual saca a flote mi lado más animal, mi ello.
Me tienes. Haz de mí lo que te plazca. Me entrego enteramente a ti.
Esto es tan intenso que siento que el corazón no me dará más.
Pero no me importa: acabo de sentirte intensamente.
Me despierto. Cuatro y media de la mañana. No quería despertar.
Acabo de perderte. Tal vez si me esfuerzo, podré hacerte humana.
Supongo que lo bello siempre es imaginario; se queda únicamente en la conciencia.
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