martes, 12 de enero de 2010

No me gusta la luz

La luz me cohíbe, me encierra. Es la sonrisa falsa al ver a un conocido no tab apreciado. Es estar triste y no demostrarlo. Es ponerse la máscara de todo está bien. Me siento falsa con la luz. Al entrar a un cuarto oscuro y solo prender una vela, puedo ser yo misma. Sin máscaras. Sin sonrisas falsas. Sin mentiras. Me doy cuenta que la razón por la cual me gusta la oscuridad es porque me aterra la idea de que me vean, qué soy, qué es lo que pienso. De repente soy temerosa. De repente soy débil y no puedo defender mis ideas, mis pensamientos. Sea cual sea la razón, me siento cómoda así. Mi verdadero yo se manifiesta al cerrar las ventanas y la puerta. Le expreso mi sentimiento de incomodidad a la luz diurna. Y ella entiende. Cierro mis cortinas. Cierro todas las ventanas que dan hacia el exterior, hacia lo real. Me encierro en mi mundo, en el que no existe la luz. Tal vez un par de velas. Pero eso es todo. Desearía bloquear todos los sonidos del mundo al entrar a mi espacio; sin embargo, es imposible. Los sonidos exteriores me aturden, me desesperan, me ponen de mal humor, me absorben la vida. Al menos puedo contentarme en jugar el papel de una especie de Dios en mi espacio: que no se haga la luz.

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