Me perdí otra vez. Salto de la absoluta y enfermiza rabia al compañero maldito, intermitente todos estos años, llamado dolor. Esa impulsividad de querer estallar mi cabeza en los casilleros de mi facultad, de atravesar mi puño derecho en una carpeta, de romperme casi todos los huesos del pie al patear una pared al azar. El comportamiento errático en mí que algunos ven es solamente una triste y hedionda capa que cubre las otras en estado de putrefacción continua. El dolor físico, desgraciadamente, no se asemeja al emocional. Sin embargo, es una distracción y, la mayoría de veces, un placer que coquetea con lo mórbido. Debo confesar que este tipo de actos se ha convertido, a veces, en un placer, otras, en un castigo y, sobre todo, en una costumbre. Está en mi mente desde que me levanto por la mañana y se acentúa, como una llaga sin desinfectar, cuando estoy en mi habitación. Desde mi adolescencia sabía que algún día iba a llegar a esto. No estoy segura si este es mi verdadera manera de ser o es una etapa más. Solo sé que mientras pasan los días, me sorprendo de mis reacciones y de lo que merodea por mi cabeza. Pasé de avergonzarme por ello a someterme. Sin protestar, sin hablar, sin lanzar una mirada de auxilio.
sábado, 2 de abril de 2011
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