Impotente, débil, furiosa, llorona. Hoy tuve que aceptar que, a causa de ser todo eso, tengo que recurrir a esas sustancias químicas que se mezclan y se pierden en mi organismo ya bastante demacrado. Ya no me interesa tener que tomarlas. Sin ellas estoy perdida. Me vuelvo cada vez más dependiente de ellas. No quiero volver a pasar por la misma etapa que cuando no las tomaba, aunque, la mayoría de veces, ellas no me calmen como yo quisiera.
En algún momento, estas pequeñas ayudas saldrán de mi vida (y de mi cuerpo). La sola idea de imaginarme sin ellas, tener que enfrentarme a la realidad yo sola, sin ayuda médica, me aterra. Eso y el hecho latente de que las mencionadas tabletas del auxilio solo son paliativas. Al menos eso es lo que siento. Es completamente lógico porque ellas, como cualquier otro medicamento, no pueden entrar a mi psiquis y automáticamente suprimir toda esa basura que me hace la persona que soy ahora. Nadie puede hacerlo excepto yo y, honestamente, creo que hace varios meses -aunque esta semana más que nunca- que perdí toda esperanza de dejar de prestarles tanta atención, de callar sus susurros que me hacen sangrar la memoria.
