Hace unos días, me puse a recordar cuándo fue que tuve, por primera vez, mi primer amor platónico. Cuando lo hice, un ventarrón imaginario rozó mi cara y mis adentros se retorcieron. Mi corazón latió un poco más rápido ante el recordar esos tiempos de lucha interna, al no poder frenar el sentimiento que me invadió de repente: el estar enamorada, platónicamente, de mi profesora de Matemáticas. Fue la sensación de aquellos días de colegio.
Fue en primer grado de secundaria. Yo era la típica niña rara (por dentro y por fuera) a la que no le gustaba hablar con nadie: inventé mi propio mundo, mi refugio de las personas que, voluntaria o involuntariamente, me hacían doler.
Recuerdo que fue la primera clase de Matemáticas del año. Entró una chica, con no más de 25 años, de cabello corto, ojos grandes, con la piel blanca, casi pálida. Era petite(tenía cuerpo de adolescente y no era muy alta). Tenía el cabello único que, hasta ahora, no encuentro a nadie con el mismo tipo, era algo tan raro, único. Era corto, medio rojizo y algo ondulado. Parecía algo desordenado, pero ese parecía ser su atractivo. Nunca me olvidaré de su nombre: Giannina. Hasta hoy, quisiera saber de qué color eran sus ojos, porque era muy tímida para verlos de cerca cuando ella se me acercaba (las pocas veces que lo hacía). Me los imagino pardos, esos tipos de ojos los cuales tienes que verlos de cerca para apreciar su verdadera belleza.
Tenía la voz medio grave. Era una mezcla entre lo femenino y lo tosco. Todavía puedo escucharla cuando me la imagino. Creo que ahí empezó mi gusto por las mujeres con la voz con esa descripción. Asimismo, tenía una especie de ceceo que era, realmente, adorable. Cada vez que hablaba, podía sentir cómo sus pequeñas y blancas manos tomaban mi corazón y, con el calor de ellas, lo calmaban tanto hasta silenciar mis latidos.
Recuerdo que no iba muy bien en su curso. Es más, fue ahí donde saqué mi primer 00. Todo por no prestar atención a su clase. Todo por estudiarla. Estudiar y apreciar, con cuidado, cada uno de sus movimientos. Sumergirme en Giannina. Recuerdo que, en uno de esos momentos de embriagarme con cada uno de sus movimientos, noté que tenía pequeñas marcas de acné. Igual se le veía linda.
Recuerdo que me avergonzaba cada vez que la miraba. No me sentía merecedora de mirarla. Temía de que tan solo con la mirada, mis sentimientos hacia ella se reflejaran. Cuando ella se me acercaba y me decía que mejorase mi letra e intentase resolver por mí misma los ejercicios que estaba en la pizarra, en vez de esperar a que alguien saliese al frente y los resolviese, para así copiarme, me sonrojaba. Cuando ella colocaba sus manos jóvenes y níveas sobre mi cuaderno, sentía una sobrecarga en mi corazón. Me moría por tocarlas.
Después de unos meses, me percaté, realmente, sobre lo que estaba sintiendo, debido a que no podía dejar de pensar en ella; de imaginármela sonriendo; cuando despertaba, lo primero que decía, despacito y susurrando, era su nombre y sentía una cómo esfera de fuego quemaba todo mi interior hasta convertir todo en cenizas.
Ese capítulo de mi via fue el comienzo del proceso que, hasta ahora, atravieso. Pero, ahora, con un poco más de claridad (no tanta como desearía). Un proceso que me ha tocado vivir sin haberlo elegido. Solo sentirlo como parte de mi naturaleza humana, aunque para algunos esto sea incomprensible. Por supuesto que es incomprensible porque nunca lo sintieron ni lo sentirán. Nunca sentirán la culpa, la vergüenza y el autodesprecio que sentí por aquellas épocas. A veces pienso que es más fácil enamorarme de un hombre para estar tranquila con la sociedad. Para no ser víctima de sus cánones retrógradas. Aunque no me muestro públicamente, lo siento. Siento que me quema, me duele, me destruye y me pone mal porque, algunas veces, me pregunto si lo que siento está mal, entonces yo estoy mal y ellos están en lo correcto. Sin embargo, afortunadamente, siempre hay personas que están ahí para recordarte que lo que sientes no es errado: es el mismo sentimiento de gustarte alguien, de querer, de amar a alguien.
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