viernes, 18 de diciembre de 2009

Encuentro imaginario

Bajo la mirada. Estás aquí.
El lugar está lóbrego, nebuloso. Se respira ansiedad.
Puedo sentir cómo la sangre se distribuye a todo mi cuerpo.
Trago saliva. Quiero llorar. Tengo la garganta hecha nudo.
Un sentimiento melancólico me invade, me embriaga.
De pronto, la posición fetal me llama: quiero protegerme.
Trago más saliva. Ya no me queda mucha.
Tengo la boca hecha un desierto.
Minutos más tarde, me acuerdo de ti.
Trato de buscarte entre las sombras. Estás ahí.
Lo puedo sentir. Mi alma quema. Me hiere. Quiero más.
Quiero herirme más. El dolor se controla con más dolor.
La diferencia reside en que tú eres un dolor voluntario.
Lo quiero, lo deseo.

Estás de espaldas, pero yo sé que puedes sentirme también.
Lo sé. Lo sé porque tu piel está como de gallina. Tu nuca me llama.
Respiro sobre ella. No puedo hacer mucho.
En este momento, no conozco la palabra resistir. Tu piel emana un olor
dulzón. Ese olor femenino inconfundible el cual saca a flote mi lado más animal, mi ello.
Me tienes. Haz de mí lo que te plazca. Me entrego enteramente a ti.
Esto es tan intenso que siento que el corazón no me dará más.
Pero no me importa: acabo de sentirte intensamente.

Me despierto. Cuatro y media de la mañana. No quería despertar.
Acabo de perderte. Tal vez si me esfuerzo, podré hacerte humana.
Supongo que lo bello siempre es imaginario; se queda únicamente en la conciencia.

No hay comentarios: