domingo, 20 de diciembre de 2009

Elle avait quelque chose d'un ange

Repetía eso mientras mis padres discutían en el carro. Mi cabeza estaba recostada sobre el apoyacabezas como nunca. Solo la apoyo cuando estoy teniendo un mal día y me encuentro viajando en el auto de mi padre. Esa era la razón, pero todos mis malos días son un conjunto de nimiedades a comparación con estos 2 días. Cuando pensé que el año me había dado un respiro hasta comenzar el otro. Sin embargo, me equivoqué. Terriblemente.
Sentí cómo las luces de la autopista le hacían compañía a mi mirada perdida. Sentí como mis adentros comenzaban a apagarse, con dolor. Sentí que se me iba la vida. Volví a sentir lo que en años atrás experimenté casi todos los días. Ahora tengo dos razones para volver a aquellos días de oscuridad, de dormir lo más que podía porque mi cabeza dolía por tanto llorar en silencio, cuando te ahogas con la almohada esperando a que te quedes dormida, a apaciguar tu cabeza atormentada por "x" motivos y las consecuencias de estos. Sentí que mis ganas de vivir se quedaban regadas en la autopista, esperando a que algún carro las rompa, las triture y nunca más vuelva a sentirlas.
Quise llorar. Lo admito. Quise llorar con todas las fuerzas que aún me quedaban. Mas no pude (ni debía) porque estábamos en camino a cenar en algún lugar público (solo algunas personas que me conocen comprenden la animadversión que tengo contra estos a veces, cuando me siento sensible, sin coraza, sin escudo). Así que me contuve. Me contuve porque no quería que ni mis padres ni la gente me viera con los ojos venosos e hinchados. Además, lo hice porque saqué fuerzas del día anterior, cuando, por primera vez, vi y escuché llorar a mi madre de una forma desgarradora, tan brutal que cada vez que trataba de consolarla, tartamudeaba y podía oír cómo se me partía el alma de escucharla, de saber que a ella también se le partía la suya, tal vez de una manera más violenta que la mía porque ella es sensible, no débil como dice mi padre. Tal vez más sensible que la mía (escribo tal vez porque para mí es casi imposible imaginar a otra persona más sensible que yo, aún más si se trata de mi propia madre). Si ella me hubiese visto con la cara de haber llorado, ella hubiese llorado. Y yo no quería eso. Nunca he querido y querré eso. Al llegar al lugar, ordenamos, esperamos y, luego, comimos. Fue la cena más vacía que he vivido. Podía comerse y beberse la angustia y dolor de mi madre. Aunque, tal vez, la indiferencia de mi padre. Ése hubiese sido el plato fuerte, sin duda.

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