Ellas hicieron todo el trabajo al comienzo. Ellas supieron cómo cargar el peso y convertirlo en uno muerto. Fue una sensación de alivio la primera semana de tratamiento; realmente taparon todos los recuerdos (e impulsos) que me herían. No pasaba ni un minuto al pensar en todas esas ideas y ya se habían desvanecido. Me atrevo a confesar que estuve feliz por unos días. Ya no sentía más esa roca que, amarrada a mí, se hundía más cada semana. Es raro admitir que me laceraba y llegó a un punto de convertirse en costumbre, en lo primero y en lo único que pensaba durante el día. Era el acontecimiento central de todas las noches con el televisor a volumen excesivo y con la puerta con seguro. Las píldoras me dieron ese solaz que tanto me hacía falta. Pensé que ese efecto tan poderoso iba a manifestarse durante todo el mes, al menos; sin embargo, me equivoqué. Cómo pude pensar que ellas harían todo el trabajo. Las semanas pasaron y esa sensación tan querida por mí se fue. Tonta. Realmente extraño mucho la primera semana de tratamiento. Esos pensamientos continúan, solo que se esconden si hago el esfuerzo (supongo que ahora ellas solo facilitan la rapidez del proceso).
A través de estos 17 días (y contando) de proceso ha habido noches de lágrimas que ahora terminan dentro de un tiempo casi razonable, menos ansias de automutilación (ahora tendré que lidiar con el hecho de preocuparme cada vez que use bermudas), estado de total sosiego ante situaciones que eran extremadamente estresantes para mí (no sé cuán beneficioso será esto más adelante), moretones de diversos colores en los nudillos a causa de golpear paredes por pura frustración, ser altamente proclive a experimentar estados catatónicos y, lo más importante, la maldita somnolencia que me somete si me encuentro en una clase aburrida.
