Llorar en la ducha. Las lágrimas se confunden con las gotas de agua; las primeras se reconocen por el sabor salado que aterriza en mis labios. Aquí no hay protección: estoy descubierta. Me desagrada sentirme expuesta, aún más ahora que trato de distraerme, de evadir todos esos pensamientos que, intempestivamente, vomitan sin parar sobre mí. Húmeda, desnuda y propensa a ser víctima, otra vez, de mi rival de toda la vida: mi mente que grita de manera cruda y descontrolada. Atravieso gula mental involuntaria.
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