domingo, 22 de mayo de 2011

resiliencia drenada

Impotente, débil, furiosa, llorona. Hoy tuve que aceptar que, a causa de ser todo eso, tengo que recurrir a esas sustancias químicas que se mezclan y se pierden en mi organismo ya bastante demacrado. Ya no me interesa tener que tomarlas. Sin ellas estoy perdida. Me vuelvo cada vez más dependiente de ellas. No quiero volver a pasar por la misma etapa que cuando no las tomaba, aunque, la mayoría de veces, ellas no me calmen como yo quisiera. 

En algún momento, estas pequeñas ayudas saldrán de mi vida (y de mi cuerpo). La sola idea de imaginarme sin ellas, tener que enfrentarme a la realidad yo sola, sin ayuda médica, me aterra. Eso y el hecho latente de que las mencionadas tabletas del auxilio solo son paliativas. Al menos eso es lo que siento. Es completamente lógico porque ellas, como cualquier otro medicamento, no pueden entrar a mi psiquis y automáticamente suprimir toda esa basura que me hace la persona que soy ahora. Nadie puede hacerlo excepto yo y, honestamente, creo que hace varios meses -aunque esta semana más que nunca- que perdí toda esperanza de dejar de prestarles tanta atención, de callar sus susurros que me hacen sangrar la memoria.

domingo, 15 de mayo de 2011

pequeñas pastillas

Ellas hicieron todo el trabajo al comienzo. Ellas supieron cómo cargar el peso y convertirlo en uno muerto. Fue una sensación de alivio la primera semana de tratamiento; realmente taparon todos los recuerdos (e impulsos) que me herían. No pasaba ni un minuto al pensar en todas esas ideas y ya se habían desvanecido. Me atrevo a confesar que estuve feliz por unos días. Ya no sentía más esa roca que, amarrada a mí, se hundía más cada semana. Es raro admitir que me laceraba y llegó a un punto de convertirse en costumbre, en lo primero y en lo único que pensaba durante el día. Era el acontecimiento central de todas las noches con el televisor a volumen excesivo y con la puerta con seguro. Las píldoras me dieron ese solaz que tanto me hacía falta. Pensé que ese efecto tan poderoso iba a manifestarse durante todo el mes, al menos; sin embargo, me equivoqué. Cómo pude pensar que ellas harían todo el trabajo. Las semanas pasaron y esa sensación tan querida por mí se fue. Tonta. Realmente extraño mucho la primera semana de tratamiento. Esos pensamientos continúan, solo que se esconden si hago el esfuerzo (supongo que ahora ellas solo facilitan la rapidez del proceso). 
A través de estos 17 días (y contando) de proceso ha habido noches de lágrimas que ahora terminan dentro de un tiempo casi razonable, menos ansias de automutilación (ahora tendré que lidiar con el hecho de preocuparme cada vez que use bermudas), estado de total sosiego ante situaciones que eran extremadamente estresantes para mí (no sé cuán beneficioso será esto más adelante), moretones de diversos colores en los nudillos a causa de golpear paredes por pura frustración, ser altamente proclive a experimentar estados catatónicos y, lo más importante, la maldita somnolencia que me somete si me encuentro en una clase aburrida.

sábado, 2 de abril de 2011

Sometimiento esperado

Me perdí otra vez. Salto de la absoluta y enfermiza rabia al compañero maldito, intermitente todos estos años, llamado dolor. Esa impulsividad de querer estallar mi cabeza en los casilleros de mi facultad, de atravesar mi puño derecho en una carpeta, de romperme casi todos los huesos del pie al patear una pared al azar.  El comportamiento errático en mí que algunos ven es solamente una triste y hedionda capa  que cubre  las otras en estado de putrefacción continua. El dolor físico, desgraciadamente, no se asemeja al emocional. Sin embargo, es una distracción y, la mayoría de veces, un placer que coquetea con lo mórbido. Debo confesar que este tipo de actos se ha convertido, a veces, en un placer, otras, en un castigo y, sobre todo, en una costumbre. Está en mi mente desde que me levanto por la mañana y se acentúa, como una llaga sin desinfectar, cuando estoy en mi habitación. Desde mi adolescencia sabía que algún día iba a llegar a esto. No estoy segura si este es mi verdadera manera de ser o es una etapa más. Solo sé que mientras pasan los días, me sorprendo de mis reacciones y de lo que merodea por mi cabeza. Pasé de avergonzarme por ello a someterme. Sin protestar, sin hablar, sin lanzar una mirada de auxilio.

martes, 29 de marzo de 2011

Esa etapa de mi vida terminó de manera agridulce. Trago vidrios. No escribiré al respecto por ahora. No estoy preparada. Estoy infinitamente rabiosa y herida.

martes, 18 de enero de 2011

Llorar en la ducha. Las lágrimas se confunden con las gotas de agua; las primeras se reconocen por el sabor salado que aterriza en mis labios. Aquí no hay protección: estoy descubierta. Me desagrada sentirme expuesta, aún más ahora que trato de distraerme, de evadir todos esos pensamientos que, intempestivamente, vomitan sin parar sobre mí. Húmeda, desnuda y propensa a ser víctima, otra vez, de mi rival de toda la vida: mi mente que grita de manera cruda y descontrolada. Atravieso gula mental involuntaria.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Volveré a acostarme

Tarde vacía en el corazón. La susceptibilidad camina hasta mí. Débil. Niña indefensa.
Remolino de cristales amargos y punzantes. Manos sin dueño. Vientos huracanos cargados de desasosiego.
No te quiebres. No. Si lo haces, no verías razón alguna de seguir siendo la invitada en esta fiesta incoherentemente absurda. Mis manos de hierro aguardan bajo mi semblante gris. Sirenas que realizan cánticos a la muerte con sonrisas de caramelo. Sirenas que embelesan a la muerte; ésta sonríe y deja ver sus dientes putrefactos.

lunes, 9 de agosto de 2010

Alud carmesí, círculos carnosos que se lanzan al suicidio
Tibia marea que adolece el origen
Marea de fuego, despierta furiosa de su sueño de luna
Avalancha sucia del color de un atardecer que penetra sutilmente la garganta
La matriz derrama lágrimas dolorosas perpetuas que besan nubes precarias
Reproduce el sollozo punzante de Venus. Sus gemidos incisivos justifican el dolor
Dolores venusianos. Honor y maldición